Por Wlfredo Aguirre

Durante el Mes de la Herencia Hispana celebramos una riqueza que va mucho más allá de nuestras tradiciones: una herencia de fe, valores y esperanza que continúa fortaleciendo la vida de la Iglesia y dejando huella en las nuevas generaciones.

Cuando hablamos de herencia cultural, con frecuencia pensamos en aquello que podemos ver y compartir: nuestras danzas, comidas, canciones y expresiones artísticas. Sin embargo, existe un componente de la herencia hispana que con frecuencia se pasa por alto: nuestra experiencia vivida.

En el corazón de esta experiencia vivida está nuestra fe y confianza en el Señor, que ha sostenido a nuestras comunidades a lo largo de generaciones. Arraigadas en esta fe están las historias de nuestros antepasados, marcadas por las dificultades y la perseverancia, así como las experiencias de nuestras propias vidas, moldeadas por las dificultades que hemos enfrentado. De ella brota también nuestra profunda devoción a Dios y a la Santísima Virgen María, nuestro refugio, protectora y fuente de cuidado maternal.

De esta misma fuente recibimos valores como la familia, la fe, el trabajo, el sacrificio, la hospitalidad, la generosidad y el sentido de comunidad. Estos valores se reflejan en nuestras virtudes, como la devoción, la fidelidad, la perseverancia, la fortaleza, la humildad y el amor.

La herencia hispana es una herencia compartida dentro de nuestra Diócesis, enriquecida por las diversas culturas, historias, tradiciones, experiencias de fe y relatos de las muchas comunidades que conforman nuestra familia católica hispana. Somos bendecidos por contar con expresiones de fe provenientes de muchos países diferentes. Estas diversas expresiones de fe nos permiten vislumbrar la rica herencia espiritual que nuestras comunidades hispanas han llevado consigo y que continúan compartiendo con la Iglesia.

Como lo es la celebración de Nuestra Señora de Guadalupe, que conmemora la aparición de María a San Juan Diego en 1531 y su mensaje de amor, compasión y cercanía, que se convirtió en una profunda fuente de fe, esperanza e identidad para el pueblo de México.

Esta celebración ha continuado durante siglos, acercando a las personas, por medio de su intercesión, a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Esta fe y devoción que se transmiten de generación en generación también encuentran expresión en las Posadas, cuando las familias y comunidades se reúnen durante los días previos a la Navidad para recordar el camino de María y José en busca de posada, rezar, cantar y preparar el corazón para celebrar el nacimiento de Cristo. La devoción mariana es un hilo que une a muchas culturas hispanas.

De manera similar, La Gritería celebra la profunda devoción de Nicaragua a la Inmaculada Concepción de María, mientras familias, vecinos y comunidades se reúnen en hogares y espacios públicos el 7 de diciembre para rezar, cantar y compartir la alegría de su fe. Nicaragua es única por ser el único país de Centroamérica que comparte su patrona con los Estados Unidos. Sin embargo, las devociones y celebraciones patronales no se limitan a la Santísima Virgen María.

Así como también la celebración de El Divino Salvador del Mundo honra a Cristo como el Salvador del mundo y conmemora su Transfiguración, reuniendo a las familias y comunidades salvadoreñas en la oración, las procesiones y la celebración gozosa, como una expresión querida de fe y esperanza.

Hoy, la comunidad hispana de la Diócesis de San Bernardino vive también en medio de numerosos desafíos: el impacto de las redes sociales, las dificultades relacionadas con la salud mental, el sufrimiento provocado por las adicciones a las drogas, el alcohol y la pornografía, las disparidades socioeconómicas y de salud, así como el temor y la incertidumbre que generan las redadas migratorias que ocurren en nuestras ciudades.

Ante estas realidades, permanece firme un mensaje de esperanza: “El Señor escucha el clamor de los pobres.”

En este tiempo de incertidumbre y persecución, recuerden que nuestro Señor está cerca. En nuestros momentos de mayor necesidad y más profundo desespero, Él está más cerca. Él no abandona a su pueblo.

En segundo lugar, quisiera recordar a nuestra comunidad hispana que somos un pueblo de esperanza. La esperanza no es algo que simplemente anhelamos, ni es solamente un sentimiento de optimismo. La esperanza es algo que vivimos. Es levantarnos cada día sabiendo que lo que hacemos hoy no es solamente por nosotros mismos, sino también por nuestros esposos y esposas, nuestros hijos y nuestra comunidad. Está arraigada en la convicción de que somos hijos de Dios y de que Él siempre tendrá la última palabra. 

Por último, en lugar de huir y escondernos en un mundo polarizado, quisiera invocar el espíritu de Juan Diego y emprender la tarea de construir puentes sociales. Siempre hemos unido a personas que no compartían nuestro mismo idioma, cultura o tradiciones. Debemos continuar con ese espíritu. Al mismo tiempo, y con ese mismo aislarnos ni escondernos, sino a construir puentes entre personas, culturas y generaciones. espíritu de Juan Diego, debemos, con humildad y confianza, sostener la Iglesia que se nos ha confiado.

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Wilfredo Aguirre es el director de la Oficina de Asuntos Hispanos de la Diócesis de San Bernardino.