Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en medio de tanto caos en el mundo, tomemos un momento de serenidad para escuchar el Evangelio según san Lucas, el pasaje en que el ángel del Señor les dio esta extraordinaria noticia a los pastores en los campos de Belén: «Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor». (Lc. 2, 11). Destaca el hecho de que use las palabras «les ha» para referirse al nacimiento de Jesús. En efecto, este fue el mayor regalo que Dios nos ha dado, porque cuando Jesús se encarnó y se hizo hombre, se abrió el camino a nuestra reconciliación con Dios y a la vida eterna con él. Por eso, dar regalos es fundamental en la tradición navideña.
Ya sabemos que la humildad, el anonimato e inclusive el peligro caracterizan la historia del nacimiento de Jesús. ¿Quién iba a pensar que este niño, envuelto en pañales y que pasó sus primeras horas en un lugar destinado a los animales, sería nuestro gran Maestro y Redentor? Se podría argumentar que incluso entonces Dios nos enseñaba que Él se manifiesta de forma más evidente en entornos empobrecidos y con los que están en los márgenes de la sociedad.
Al celebrar la Navidad en el mundo moderno, ¿cómo conciliamos esta verdad con los innumerables regalos y la ostentación de riqueza material que nos rodean en esta época? En nuestra oración y reflexión sobre los relatos del nacimiento de Jesús que nos da el Evangelio, recordamos que Él es la razón de toda esta festividad. ¿Cuál es el regalo que recibimos en Jesús? La personificación del amor de Dios por nosotros, la promesa de la salvación eterna y la liberación de las cadenas del pecado. Difícil de superar, ¿verdad?
Queridos hermanos, la otra forma en que podemos recobrar el verdadero significado de la Navidad es demostrando con nuestros propios hechos lo generoso que Dios es con nosotros. Sí, podemos hacerlo perdonando a alguien que nos haya ofendido y aceptando el perdón cuando alguien nos perdona. Podemos intercambiar regalos, o lo que es mejor, compartir nuestra abundancia con quienes más lo necesitan y no tienen forma de retribuirnos. Al buscar ahora la presencia de nuestro Señor en nuestro corazón y en el de los que nos rodean, sin duda podemos encontrarla en el rostro de los pobres, los enfermos, los encarcelados, los inmigrantes y otros que están en los márgenes de nuestras comunidades.
Espero, y ruego a Dios, que este tiempo de Navidad sea ocasión de alegría y gratitud, esperanza y amor para ustedes y sus seres queridos. Disfruten la convivencia, las deliciosas comidas y, sí, los regalos que se den como señal del amor de Dios que tenemos los unos por los otros. Pero, sobre todo, recuerden el regalo original y más grande de todos los tiempos en Navidad: nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡Feliz Navidad!