Queridos hermanos y hermanas en el Señor Resucitado, ¡felices Pascuas de Resurrección!


Como sabemos, la Pascua no es una fecha más en el calendario; es la «fiesta de las fiestas», el hecho esencial por el cual la historia del universo recupera su verdadero significado. La Resurrección de Jesús confirma y ratifica todo cuanto Él dijo e hizo, y es el momento preciso en que el aliento de Dios rompe el silencio del sepulcro, señalando que la muerte —ese muro infranqueable— ha pasado a ser la puerta a una vida nueva; es la esencia del Misterio Pascual: que el sufrimiento no tiene la última palabra y que el amor de Dios, cuando se entrega plenamente, es más poderoso que la oscuridad de una tumba.


Queridos hermanos, para quienes creemos en Jesucristo, el significado de la Pascua trasciende los muros de cualquier iglesia cristiana; es un llamado universal de esperanza y paz que llega al corazón humano, independientemente de credo o cultura. La Resurrección de Jesús es una celebración de la vida nueva y del respeto por todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Así como Dios infundió vida al polvo en el principio de los tiempos, la Resurrección sopla nueva vida a nuestro mundo fragmentado y herido. Esta renovación nos recuerda que la vida no es una mercancía que podemos usar, sino un don que debemos atesorar. La Tierra misma que habitamos como casa común recibe también esa «vida nueva». Si el Creador decidió redimir la vida con una resurrección física, el propio mundo material es también sagrado; y es por eso que debemos ser agradecidos y reconocer que cada bosque, criatura y ecosistema es un reflejo de lo Divino. Podemos decir que celebrar la Pascua es también comprometernos a ser custodios de la creación y proteger de la explotación y el descuido la frágil belleza de nuestra casa común, pues, en última instancia, la creación existe para beneficio de todo ser humano.


Así pues, para el mundo, la Pascua es también una afirmación trascendental de la dignidad humana. La Resurrección nos dice que ningún ser humano es «descartable». Si Dios descendió hasta las profundidades más extremas del sufrimiento humano y de la muerte para rescatarnos y recuperarnos, en ese caso toda persona posee una dignidad humana infinita con un valor innegociable. Y este carácter sagrado corresponde a todos: criaturas en el vientre, adultos mayores, refugiados, inmigrantes y marginados. En un mundo que a menudo mide el valor por la productividad o el estatus, la Pascua se vuelve un grito desafiante de que toda vida es sagrada y nos propone el reto de mirar al «otro» —a aquellos que son diferentes a nosotros, o incluso a quienes consideramos enemigos— y ver en ellos a un hermano o una hermana dignos de respeto y amor sin condición.


Por último, las primeras palabras del Cristo Resucitado a sus aterrados discípulos fueron: «La paz esté con ustedes». En un clima mundial a menudo definido por la división, el conflicto y una «globalización de la indiferencia y el egocentrismo», el mensaje de la Pascua es un clamor urgente por la paz —no pasiva, sino activa, «inquieta» ―, que procura la justicia. Es la paz que el mundo no puede darnos y que debe tener su origen en la reconciliación por el amor de Dios: reconocer que todos formamos parte de una misma familia humana.


La Pascua nos exhorta a remover las piedras del odio, el prejuicio y la codicia que sepultan la humanidad que compartimos y nos enseña que el verdadero poder no reside en la capacidad de quitar la vida, sino en el valor de darla y sustentarla; no en levantar muros, sino en tender puentes y lavar los pies. Sea vista por el lente de la fe o como un símbolo trascendente de la resiliencia del espíritu humano, la Pascua representa el triunfo de la luz sobre la oscuridad, y es un recordatorio de que la primavera siempre viene después del invierno y que incluso en los rincones más tenebrosos de nuestro mundo —donde asola la guerra o la desesperanza echa raíces—, las semillas de una nueva vida aguardan para germinar.


Vivir el «significado de la Pascua» es ser una persona de esperanza; es optar por la vida antes que la muerte, la bondad antes que la crueldad y el servicio pacífico antes que el poder; es una invitación a todo ser humano en la Tierra a caminar a la luz de un nuevo amanecer y reconocer que todos somos custodios de una creación sagrada y guardianes de la dignidad de nuestros hermanos. ¡Gracias por leer este mensaje!


Felices Pascuas,
Obispo Rojas