El obispo Alberto Rojas celebró la misa anual de concientización sobre el abuso infantil y por las víctimas el 8 de abril en la Catedral de Nuestra Señora del Rosario. Esta misa se celebra cada año en reconocimiento a que abril es el Mes Nacional de la Prevención del Abuso Infantil.


Esta fue la homilía del obispo Rojas:


Queridos hermanos y hermanas, en el comienzo de este hermoso tiempo de Pascua, en el que celebramos el triunfo del Señor resucitado sobre la muerte y el pecado, sobre la oscuridad y el mal, nos reunimos con ternura y compasión para seguir teniendo presentes las profundas heridas que algunos hermanos y hermanas llevan a causa del abuso. Ofrecemos esta Misa por todos ellos, como lo hemos hecho por años, como un llamado a recordar, a orar, a solidarizarnos con ellos en esta verdad y, sobre todo, a proclamar la esperanza y la nueva vida en Jesús resucitado.
Al comienzo de la lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos la descripción de un hombre lisiado de nacimiento, sentado ante a la puerta que llamaban Hermosa y que pedía limosna. Pedro lo miró y le dijo: «No tengo ni oro ni plata, pero te voy a dar lo que tengo. En el nombre de Jesucristo nazareno, levántate y camina». Y la lectura dice que, al instante, el hombre recuperó la fuerza en las piernas, se puso de pie y comenzó a andar. Incluso saltó de alegría. Como podemos ver, esto no fue solo una curación física, sino también la restauración de su dignidad humana. El hombre que muchos habían ignorado, quizás incluso compadecido, no visto verdaderamente, ahora queda sano y se levanta. Pedro vio al lisiado y «fijó en él los ojos», como dice la lectura, con compasión. Y reconoció su dignidad humana, y también su humildad, su pobreza, y que solo podía darle lo que tenía.


Para las víctimas de abuso, una de las heridas más profundas es precisamente esta: no ser vistas ni creídas, no ser escuchadas ni protegidas. El silencio, la negación y el descuido pueden agravar aún más el daño original.


Hoy, hermanas y hermanos, como personas de fe, debemos hacer primero lo que hizo Pedro: mirar con honestidad, compasión y humildad. Debemos ver, escuchar y creer. Y en el nombre de Jesucristo, que siempre está ahí para darnos vida nueva, debemos esforzarnos siempre por ser instrumentos de sanación, protección, justicia, restauración y vida nueva.


Para quienes han sufrido abuso, el camino puede parecer un sendero largo, confuso, borroso y lleno de preguntas y muy pocas respuestas. ¿Dónde estaba Dios en todo esto? ¿Por qué sucedió? ¿Hay alguna posibilidad de sanación? ¿Soy yo el responsable? La Resurrección no borra las heridas del Viernes Santo. Cristo resucitado aún lleva las cicatrices, pero esas cicatrices ya no son señales de derrota. Esas cicatrices son señales de amor, que ha vencido la violencia, la oscuridad y la muerte.


Queridos hermanos, esto es lo que significa la resurrección para nosotros hoy: que ninguna herida está fuera del alcance de Dios, fuera de su compasión y misericordia. Ninguna oscuridad es definitiva, ninguna vida está fuera de la redención; Cristo resucitado se encuentra con las personas precisamente en su fragilidad. No para ignorarla, sino para transformarla. Debemos ser claros: la esperanza de la resurrección no justifica la injusticia, sino que nos llama a enfrentarla. Llama a la Iglesia a rendir cuentas, a proteger para garantizar que todo niño y persona vulnerable esté a salvo. Llama a cada uno de nosotros a estar alerta, a ser compasivos, valientes y corresponsables de honrar la dignidad humana de cada hermano y hermana a nuestro alrededor, como hijos de Dios que somos.


Si hay algún sobreviviente entre nosotros hoy, sepa que lo amamos. Sepa que su historia y su dolor importan; no es invisible a los ojos de Dios. Jesús resucitado camina con usted, incluso cuando no parezca evidente. Y todos nosotros, como personas de fe y fieles a Él, debemos caminar también con usted, no delante, sino a su lado.


Queridos hermanos, todos nosotros, como personas de fe, estamos llamados a ser corresponsables del bienestar de nuestros hermanos y hermanas a nuestro alrededor. Personas de vida nueva, personas de la Resurrección del Señor resucitado. Que, como Pedro, levantemos a los abatidos. Como los discípulos, que nuestro corazón arda al escuchar a Cristo proclamar la verdad y la sanación en nuestra vida. Y como la Iglesia primitiva, que seamos una comunidad donde los lastimados no se sientan juzgados, sino que encuentren acogida, hospitalidad y apoyo; no silencio, sino compasión; no daño, sino protección y amor.