El pasado 15 de abril, una delegación de la diócesis viajó a la frontera entre Estados Unidos y México, en Tijuana, para realizar una jornada de servicio comunitario en el “Instituto Madre Asunta,” un albergue dirigido por las Hermanas Misioneras Scalabrinianas de San Carlos Borromeo desde hace más de 30 años.


El refugio brinda apoyo a mujeres y niños que han tenido que abandonar sus hogares, ofreciéndoles vivienda, atención médica, productos de higiene personal y educación.


La misión fue encabezada por la Hermana Mary Chilee Okoko, D.M.M.M., directora del Departamento Diocesano de Vida, Dignidad y Justicia. Aunque la Hermana Chilee ya había liderado otras misiones de ayuda en Mexicali, Baja California, esta fue la primera visita organizada a la frontera de Tijuana.


Acompañaron a la religiosa en esta misión el diácono Daniel Ezekwe; el diácono José René Quiroz y su esposa, Verónica; el diácono David Okonkwo; el diácono Fernando Heredia y su esposa, Regina; Naida Castro y Virginia Balanga, del Ministerio Asiático y de las Islas del Pacífico; Ifenyinwa Ezeoke y Assumpta Akubilo, del ministerio Católicos de Ascendencia Africana; Wilfredo Aguirre, director asociado de la Oficina Diocesana de Asuntos Hispanos y la Oficina de Defensa y Promoción; Teresa Rocha, directora asociada de la Oficina de Servicios Comunitarios y Programas de Alcance; y Yolanda Madrid, asistente administrativa.

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El Instituto Madre Asunta es una iniciativa de las Hermanas Misioneras Scalabrinianas de San Carlos Borromeo, congregación presente en 26 países y dedicada al cuidado y bienestar de las personas migrantes. El albergue nació como una respuesta pastoral al fenómeno migratorio actual y se sostiene gracias a donaciones de personas generosas tanto de México como del extranjero. Durante 25 años ha servido a mujeres y niños migrantes en Tijuana, Baja California.


“Ellas dependen de apoyos y subvenciones del gobierno, pero actualmente reciben mucho menos,” explicó la Hermana Chilee. “Algunas organizaciones ya no quieren apoyar iniciativas relacionadas con migrantes por temor a otorgar fondos a este tipo de programas.”


Los 15 delegados diocesanos llevaron alimentos como arroz, frijol, atún, harina y azúcar, además de artículos de higiene personal como jabón, champú, acondicionador y jabón para lavar ropa. También entregaron donativos económicos para apoyar la labor que las hermanas realizan en la frontera.


Durante la visita, los delegados convivieron con las Hermanas Scalabrinianas y recorrieron las instalaciones del albergue, incluyendo los dormitorios y la escuela, donde compartieron momentos de alegría y cercanía con los niños que viven ahí.


“La mayoría de las madres estaban trabajando cuando llegamos,” comentó la Hermana Chilee. “Necesitan ingresos, así que durante el día salen a trabajar en la ciudad mientras las hermanas cuidan de los niños.”


Asimismo, explicó que las Hermanas Scalabrinianas también administran un refugio separado para hombres adultos. Aunque muchas familias permanecen solo algunas semanas, otras deben quedarse durante meses debido a la falta de recursos y de un lugar a dónde ir.


La religiosa también resaltó la gran diversidad cultural presente en el albergue, ya que tanto las familias como los voluntarios provenían de diferentes partes del mundo, entre ellas Guatemala, Italia, Honduras y Etiopía “Había una niña de unos siete u ocho años que me dijo muy feliz que estaba aprendiendo inglés ahí”, relató la Hermana Chilee.


La visita dejó un mensaje de solidaridad, esperanza y compromiso cristiano hacia las personas migrantes y más vulnerables.