El verano suele representar un tiempo de descanso, viajes y convivencia familiar. Para muchos, es una pausa de la rutina diaria; sin embargo, para las familias católicas también puede convertirse en una oportunidad para fortalecer la vida espiritual y recordar que la fe continúa acompañando cada etapa de la vida, incluso fuera del entorno escolar.


Bajo el mensaje “La fe no se va de vacaciones,” diversas comunidades escolares y parroquiales invitan a las familias a mantener viva su relación con Dios durante el periodo vacacional, integrando pequeñas prácticas de fe en la vida cotidiana.


Esta reflexión también fue compartida por el Padre Carlos A. Flores Guardado, Vicario Parroquial de la Catedral Nuestra Señora del Rosario, parroquia a la que pertenece la escuela de Holy Rosary Academy and Preschool., en San Bernardino quien recientemente relató cómo una experiencia personal durante un viaje a Ensenada le recordó que la presencia de Dios puede encontrarse incluso en los momentos de descanso.


Durante su visita, el sacerdote explicó que tuvo la oportunidad de participar en la celebración de la Misa en la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe y más tarde visitar el Valle de Guadalupe. Rodeado de naturaleza a flor de piel, compartió que la expresión litúrgica “fruto de la vid” adquirió para él un significado más profundo al contemplar de cerca la creación de Dios y el origen de un elemento tan importante en la Eucaristía.


“Planeé ir de vacaciones solo, pero Dios fue conmigo”, expresó el sacerdote al recordar su experiencia. Su mensaje invita a reconocer la presencia de Dios en cada lugar: una iglesia, una playa, una montaña, el desierto o incluso durante un viaje familiar.


Para muchas familias, vivir la fe durante el verano comienza con acciones sencillas: orar juntos antes de dormir, bendecir los alimentos o dedicar un momento para agradecer por las bendiciones del día. Estas prácticas ayudan a mantener la presencia de Dios en el hogar y fortalecen los lazos familiares.


Los viajes y paseos también pueden convertirse en oportunidades para alimentar la vida espiritual. Algunas familias procuran participar en la Misa mientras visitan otras ciudades o aprovechan para conocer iglesias, santuarios y lugares de valor religioso. Estas experiencias, además de enriquecer la fe, permiten a los hijos descubrir que la Iglesia es una comunidad presente en todas partes.


Aunque los cambios de rutina y los horarios distintos pueden representar un reto, muchas familias coinciden en que lo importante no es la perfección, sino la intención de seguir haciendo espacio para Dios en la vida diaria.


El mensaje es sencillo pero significativo: no se necesitan grandes acciones para vivir la fe durante el verano. Con pequeños actos de oración, gratitud y amor, las familias pueden seguir creciendo espiritualmente juntas.


Porque, sin importar el destino o la temporada, la fe no se va de vacaciones.