Los meses próximos son una época del año que muchos esperan con ilusión; momentos de reuniones familiares y ninguna escasez de celebraciones en nuestra Iglesia. Tenemos el Día de Todos los Santos y Todos los Fieles Difuntos, el Día de Acción de Gracias, grandes Fiestas para la Inmaculada Concepción y Nuestra Señora de Guadalupe, y, por supuesto, los tiempos litúrgicos de Adviento y después Navidad. Esperamos con anhelo el esparcimiento del receso del Día de Acción de Gracias y la Navidad, dar regalos, saborear platillos deliciosos y pasar tiempo con amigos y familiares.  

Aunque optemos o no por pensar en esto, esta emotiva ilusión no es una realidad para muchos hermanos y hermanas en todo el mundo y cerca de nosotros. Ellos tienen preocupaciones más apremiantes; cómo alimentar a su familia, lidiar con enfermedades que amenazan la vida o escapar de la amenaza de la violencia debido a la situación política en su país, o tal vez por razón de su fe cristiana. Están tratando de superar las secuelas de desastres naturales tales como los recientes huracanes e incendios, o el dolor y la pérdida a causa de la violencia en nuestra nación, tal como el espantoso tiroteo en Las Vegas.  

Así que incluso cuando participamos en las bendiciones y las alegrías de la temporada que Dios nos brinda aquí, Dios también nos llama a ser solidarios con quienes enfrentan sufrimiento, agitación y grandes cambios. Estamos en la plenitud del programa “Compartir el Viaje” coordinado por Catholic Relief Services para ayudarnos a entender la experiencia migratoria por la que pasan actualmente por lo menos 65 millones de personas en todo el mundo. Más allá de las estadísticas y estudios que se han publicado sobre este fenómeno, tomemos un momento para imaginar las historias de estos nuestros hermanos y hermanas; ¿cómo sería tener que dejar atrás todo lo que te es conocido para emprender un viaje a otra tierra por la supervivencia de tu familia? Imaginas el miedo, la desesperación y la determinación que orillarían a uno a emprender este viaje.  

Podrías sentir que existe un mundo de distancia entre esta experiencia migratoria y tu experiencia, pero está más cerca de lo que te imaginas. Hay dedicadas personas de fe aquí en nuestra Diócesis que han adoptado el ministerio de reasentamiento de refugiados. La campaña Compartir el Viaje nos ha permitido escuchar algunas de las desafiantes e inspiradoras historias, pues familias de lugares como El Salvador y Siria vienen a nuestras comunidades habiendo escapado de circunstancias extremas y buscando comenzar de nuevo.  

La segunda oportunidad que tendremos para que nuestros corazones y nuestras oraciones estén con nuestros hermanos y hermanas en crisis viene el 26 de noviembre, la Fiesta de Cristo Rey, fecha en que nuestra Iglesia tendrá un Día de Oración por los Cristianos Perseguidos. Este día dará inicio a “Solidaridad en el Sufrimiento”, una semana de concientización y educación sobre los cristianos en el Medio Oriente y en otros lugares del mundo que enfrentan una creciente hostilidad y amenazas de violencia. Según un reciente informe del Center for American Progress, “algunas de las comunidades cristianas más antiguas del mundo están desapareciendo de las tierras mismas donde nació su fe y se arraigó primero”. Otro estudio sugiere que hasta uno de cada 12 cristianos en el globo terráqueo vive bajo amenaza de violencia. Entonces, de nuevo, este tipo de sufrimiento puede no estar tan lejos de nosotros como creemos. Y reconocemos la tan obvia relación causa-efecto entre estos asuntos de persecución religiosa y migración.  

Tomemos estos momentos, incluso entre las bendiciones que Dios nos da en esta época del año, para estar en solidaridad con aquellos que viven con miedo y dolor; aquellos en medio de un camino en el cual los impulsan sólo la esperanza y la fe – y las oraciones de nosotros, sus hermanos y hermanas en Cristo.

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